Son muchas las personas que piensan que Marruecos es un país poco adecuado para viajar con niños. Nada más lejos de la realidad. Este año, maleta en mano, dejamos Casablanca que es nuestro destino habitual en el país vecino y nos fuímos un poco más al sur: a Marrakech.
Rosa Maestro
Siempre
que viajo con niñas procuro alquilar un apartamento. Me resulta más cómodo
desayunar y cenar en casa; sobre todo por las cenas. Los restaurantes nocturnos
pueden convertirse en momentos de estrés en lugar de relax; platos caros que se
devuelven tal y como nos los sirvieron (eso sí un poco más revueltos) a la
cocina de la que procedieron y niñas sin cenar a la cama. Este viaje no iba a
ser menos y alquilamos un apartamento estupendo y totalmente recomendable,
fuera de la medina pero muy cerca, a cinco minutos en taxi (son muy baratos en
el país vecino) y unos quince en autobús (una línea cómoda y moderna).
Ni imaginaros lo que les emocionó tatuarse la
mano con hena y, ni os quiero contar lo de ir alguna que otra tarde a recibir
un pequeño masaje. En cualquiera de los establecimientos de la Medina, si
preguntas, te citan para darte un buen masaje. Compramos aceite de argán (una
joya de la cosmética), jabones, especias, esencias…. Vamos, la maleta repleta
de todas esas cosas que aquí dejaron de ser hace mucho tiempo naturales y
ecológicas.
Pero no nos quedamos solo en Marrakech. La verdad es que fuimos
un poco osadas, porque nos lanzamos a un pequeño viaje al desierto (no lo
recomendaría para niños menores de siete años). La agencia nos dijo que serían
cinco horas de viaje, pero en realidad fueron ocho y las niñas lo acusaron. Aún
así la experiencia mereció la pena. Salimos también muy temprano, rumbo a
Zagora, vimos muchas aldeas bereberes, compraron minerales, fósiles, se
llenaron el cuello de collares de mil y un color; hicimos una buena parada para
comer (recomiendo en restaurante con piscina – jamás un baño nos sentó tan
bien-), visita
a la Kasbah Ait Ben Haddou
continuaremos el camino a Zagora. Cruzamos
el Anti Altas y vimos el pueblo bereber de Agdez, el Valle de Draâ y su
palmeral, el último atisbo de vegetación antes de adentrarnos en el
desierto. Llegaremos a Zagora con tiempo suficiente para montar en camello y disfrutar de la puesta de
sol en el desierto.
Tras
una cena y música tradicional pasaremos
la noche en una auténtica haima bereber. Aunque la verdad a ellas lo que
más les “molo”, según dijeron, fue montar en camello y tirarse rodando por la
duna.
Un
buen vieje, unos muy buenos momentos y un país que siempre añoro cuando estoy
pasando el duro invierno de España.
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( Os dejo su enlace porque en verdad merece la pena: dos dormitorios completos con dos baños, salón, cocina y terraza de 100m2. Lo mejor de todo es que está dentro de una urbanización nueva y con piscina. Parece que os lo estoy vendiendo, pero lo cierto es que dí con él por casualidad y fue una experiencia totalmente recomendable)
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